Cuentos

Voyeur

Quizá me tomó un par de semanas verla completamente desnuda por primera vez, con su fino y delgado cuerpo, marmóreo y aletargado, extendido por esa enorme cama roja. La cuarentena llevaba ya unos tres meses, o más, de haber comenzado, cuando empecé a notarla desde mi balcón, que por gracia del azar está dos pisos arriba del suyo, dándome el perfecto panorama de su habitación entera y de aquella que yace contigua a la suya.

El ya insoportable hastío del encierro sólo podía apaciguarlo saliendo de madrugada a ver la calle desde mi balcón, fumando cigarrillos para poder soportar las largas jornadas de trabajo nocturnas a las que me obligaban el último trimestre de la universidad, las clases de francés, el servicio social, la redacción de la tesis. Tenía poco tiempo de haber terminado con mi última novia y, aunque no me sentía especialmente solo, tampoco me sentía de lo mejor. Sólo estaba harto de dormir y comer y vestirme y trabajar todos los días en la misma habitación, entre las mismas cuatro paredes, que día con día se volvían más estrechas y opresivas.

El mundo entero parecía ahora un simluacro cibernético, los días ya no avanzaban sucediéndose uno a otro: me hallaba atrapado en una suerte de espiral de tiempo homogénea y recursiva, carente de matices, como un ouroboros fenoménico donde la serpiente era yo, serpiente bípeda y barbada, mordiéndose la cola a cada instante. Intenté releer a Bachelard, y comprendí rápidamente que no tenía sentido, que una poética del espacio es imposible sin una poética del tiempo. Acaso era Baudrillard quien describía mejor esto que pasaba, este crimen perfecto, este simulacro inextricable.

Al tercer o cuarto mes de pandemia ya había bullicio en las calles, otra vez; y al tedio de los días ruidosos y frenéticos, lo sucedía el tedio lento de la madrugada, quieto y oscuro. Era un tedio más apacible, un tedio dulce y ciertamente sombrío, que me recordaba algunas narraciones: tedio de prostíbulos, templos cerrados, y hospitales. Y cuando la serpiente que era yo se convertía en lechuza y vigilaba las calles, a eso de la una de la mañana, aparecía la jovencita por la ventana del tercer piso.

Tendría quizá unos 20 años, no más, y todas las noches hacía lo mismo: se quitaba casi todas las prendas, una a una: la blusa, el pantalón, el sostén… finalmente se ponía el camisón azul cielo que la hacía verse más pálida aún, como si el tono límpido de su cuerpo no le bastase para hacerse notar en esta ciudad morena. Después cerraba las cortinas y no volvía a aparecer sino hasta el otro día.

Está loca, me dije. ¿Sabrá que existe gente insomne como yo, que está despierta a estas horas y que, dadas las circunstancias, la puede ver? ¿O lo que quiere es justamente que la vean? Qué importa. Está muy lejos y ni siquiera alcanzo a ver bien.

Pero un día se detuvo mientras se ponía el camisón. Miró hacia donde estaba yo, y así estuvo quieta alrededor de un minuto. Sin darme cuenta tiré el cigarrillo, cayó instantáneamente de mis manos nerviosas. No distinguí más que el cuerpo delgado y pálido que tenía, pues su rostro era otra máscara más, no me recordaba sino a los tapabocas que yo veía cuando salía a las calles, o a aquellos rostros informes que apenas noto cuando salgo sin lentes. Después de estarme mirando quietamente cerró las persianas.

Al día siguiente salí frenético a buscarla, con mi habitual cigarrillo en mano. Pasó así la primera noche, una segunda y una tercera. Y no apareció. Yo parecía ya un tísico de novela decimonónica, apenas lograba moverme, no encontré motivación para nada. Seguro piensa que la grabaré, me dije.

Esa tercera noche regresé rápido a mi recámara. No pude continuar mis trabajos, no me logré concentrar. No dormí mucho aquella vez. Debía entregar un reporte de lectura para mi clase de Historiografía General, que por supuesto no entregué. Pretexté que se había ido el internet y que no
había podido mandarlo a tiempo, como todo mundo habrá hecho con situaciones similares en aquellos días.

Durante tres días nada interesante ocurrió. Me levantaba tarde, como de costumbre, y la simulación más temprana que vivía durante el día, que eran mis clases de francés online de las 10 am, ya no me producían demasiado placer, uno de los pocos que podía procurarme en aquellos “inicios” de pandemia. El aburrimiento me orilló a leer fragmentos inconexos de lecturas que nunca me habían atraído, y que guardaba en mi biblioteca sólo porque formaban parte de las enciclopedias que coleccioné: Iseo, Demóstenes, Lisias; diccionarios de Psicología, diccionarios de genética y evolución…

Volví a verla cuatro días después. Esta vez no se desvistió. Volvió a verme fijamente un rato y cerró las persianas. Aun con lo abrupto del acto me sentí mejor. Tuve la esperanza de volverla a ver otras noches más, mientras fumaba cigarrillos, imaginándome los rasgos de su rostro y de ese delgado
y marmóreo cuerpo suyo. Y ahí estaba, un quinto día, otra vez: la blusa, la falda, el sostén… el camisón azul. Durante varios días estuve viéndola de nuevo, y ella que me veía a mí, ya al final, sólo yacía quieta unos instantes, viendo hacia mi ventana antes de cerrar la suya. Pero yo nunca hice otra cosa que no fuera verla mientras fumaba.

Pasó una semana. Quise dejar de imaginarla. Quise verla toda. Quise acariciar con mis pupilas esos senos en forma de pera que al menos lograba notar de lejos, cuando se agachaba para quitarse las faldas, los pantalones. Quise besar su rostro que imaginaba liso y respingado.

Entonces no tenía dinero y nunca tuve binoculares, así que decidí sacar la vieja handycam que tenía apilada en el clóset. La noche siguiente salí con una lámpara en la mano con la que antes fumaba, e, iluminada por ésta, una cartulina grande que sostenía con la otra mano, y que decía: “No te grabaré, descuida”. Y después otra cartulina: “Te veo con mi cámara”.
Y una tercera: “Compraré binoculares”.

Ella sí tenía unos. Desde que volvió a abrir las persianas para dejarme verla en la noche, cuando ahora era ella quien veía desde su ventana hacia la mía, los sostenía para mirarme. “Está bien. Puedes ver.”, me escribió en sus cartulinas alguna vez. Así nos escribíamos breves notas aquellas madrugadas, y así pasaron otras dos semanas hasta que por fin, un día, la vi completamente desnuda en la enorme cama roja. Se tocó con ambas manos lentamente mientras veía hacia mi recámara, como si pudiera ver desde lejos cómo la miraba yo. Se tocó primero el cabello, lentamente con la mano derecha, mientras tocaba su pecho izquierdo con la mano izquierda, y así bajó dulcemente hasta su sexo y comenzó a acariciarse…

Volvió a cerrar las persianas. No usó ninguna cartulina esta vez. Ni los binoculares: no me miró al final. Imaginé tantas cosas que no podría describirlas. Algunas tan obscenas que me daría vergüenza.

Igual imaginé que la vería algún día en la calle, que saldríamos juntos, que recorreríamos las hermosas playas del caribe, las montañas del altiplano, de Europa, qué sé yo. Su rostro no era como lo imaginaba. Y aunque su nariz era algo prominente, me siguió pareciendo hermosa. ¿Qué pensaría ella de mi rostro, de mi cuerpo? Al día siguiente vi otra cartulina suya: “Ahora te toca a ti”.

Dice Freud que todo desviado, todo aquel cuyas pulsiones son ‘poco comunes’, tiende mostrar y a vivir la otra ‘cara de la moneda’ de su perversión, que todo masoquista, por ejemplo, tiene algo o mucho de sádico. Y que todo voyeur tiene algo de exhibicionista, y viceversa.
A no ser que le gane el pudor.

Ciudad de México, Abril de 2021

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